Los ojos de Emicilia


(Relato de una lesbiana intentando recuperar la memoria de sus abuelas.)

Sólo se precisa de curiosidad y amor

por la historia para viajar en el tiempo,

para viajar en el espacio.
Por: María Utopía

Una tarde calma de casi – verano fui para la ciudad donde nací. El sol estaba despidiendo fuego en el barrio entero y las perras descansaban respirando pesadamente por el calor sobre el suelo. Algún que otro pájaro se escuchaba a lo lejos.

Con más preguntas que respuestas, todavía insegura sobre ese viaje en el tiempo que todavía tenía ganas de hacer –quizás porque nos apagaron de la historia de múltiples maneras, o quizás también porque esta ciudad despintada por la asfixiante idea de progresismo a través de los años y la tecnología, y estos cuerpos atravesados por los apresurados trajes y relojes del neoliberalismo occidental nos arrancaron las ganas de tejer desde atrás-, decidí dejar ser a la voluntad de armar el puzle de la identidad comunitaria y hacer mover la tierra de esa manera, en medio de ese panorama.

Ahora pienso que esos nervios estaban ahí porque era yo intentando descubrir la memoria de las mujeres que venían intrincadas en mi sangre para hacerla arder de vida el día que naciese. Sin embargo tomé coraje, y me senté a la mesa casi enfrentada a mi madre con una grabadora de voz en la mano.

Ma, me gustaría que me contaras un poco sobre mi abuela. Ella revolvió la bombilla en el mate, y la primera cosa que me dijo fue su nombre completo: Yrma Josefa Modernell Moré. Entre nombre y nombre, apellido y apellido, se llenó de orgullo. Hacía pausas mirando para una esquina del techo de casa. Parecía que le gustaba tanto acordarse de ella. Yrma era una mujer alta, de piel blanca y ojos claros. Le gustaba leer y escuchar a la Orquesta Sinfónica de Montevideo, cada vez que se presentaban en la Plaza Independencia de Montevideo.

Mi mamá tiene un sueño recurrente donde aparece la parte baja de las piernas de Yrma pisando una máquina de coser, también se dejan ver unos perros salchichas sobre el piso del lugar, y un canasto lleno de bombachas de tul diminutas, que producía para las muñecas de la fábrica donde trabajaba. Pero más allá de que estábamos hablando de la vida, Josefa vivió sólo cuarenta y tres años, dejando el misterio sobre nuestras generaciones, y entonces mi madre empezó a hablar de su abuela, la historia se repetía.

De Emicilia lo primero que esbozó fue su carácter fuerte y su origen español. Ella vivió en el “Conventillo Medio Mundo” casi toda su vida. Un predio situado en la numeración 1080 sobre la calle Cuareim –que ahora es Zelmar Michelini-, entre Durazno e Isla de Flores.

En tanto que Emicilia comenzaba a aparecer cada vez más en medio de esa conversación detenida en el tiempo, me adentré en las líneas infinitas de información que hoy ofrece internet, procurando comprender el rincón de Montevideo que mi bisabuela debía haber recorrido tantas veces. En la primera imagen se avistaba un aljibe en el medio del patio –donde mi madre me había contado que Yrma conoció a mi abuelo Eustaquio cada vez que se encontraban para ir a lavar la ropa-, y a la izquierda: mujeres, hombres y niños ilustrando la escena de las décadas antepasadas.

La bisabuela se había casado cuatro veces, contaba mi madre. Los últimos dos hombres que rondaron en su vida como maridos, habían muerto por enfermedades. Osea que para ese momento, Emicilia había quedado viuda.

Quedé impaciente, porque en la sección de fotos viejas del álbum familiar, ningún hombre posaba alrededor de ella. O sea que ella se había quedado viuda… Le dije a mi madre.

Sí –respondió entre sonrisas y apretando los dientes sirvió un mate, como acordándose de alguna cosa-, “Mi papá siempre decía que Emicilia había matado a todos sus maridos. En el momento en que él le pidió a ella para salir con mi madre, tu bisabuela casi nunca los dejaba solos. Caminaba unos pasos atrás de ellos cuando salían a pasear por 18 de Julio.”

¿Será que Emicilia después de haberse casado y divorciado cuatro veces había generado desconfianza de las intenciones con que los hombres les proponen matrimonio a las mujeres? ¿Por qué mi abuelo decía que ella había matado a esos hombres? ¿Será que lo que la bisabuela había matado era el ideal del matrimonio –quizás sin saberlo-, y por eso él se sentía tan amedrentado por ella?

Una de esas caminatas por la avenida principal terminó en el Patio Andaluz –contaba mamá-, donde para la época dos faroles y una fuente abrían el paisaje de lo que sería un espacio donado por emigrantes andaluces para la ciudad en 1939. Luego de allí la bisabuela congregó a mis abuelos para el espectáculo de alguna cantaora de flamenco española, y según un relato que mi abuelo contó a mi madre, se dice que la Emicilia una vez comenzada la presentación tan esperada, se abrió espacio entre las personas presentes, repicando su bastón contra un piso de madera, gritando “¡olé!” entusiasmada. Según mi madre, Eustaquio recordaba ese momento con vergüenza.

¿Qué pasa o por qué un hombre mira a una mujer con vergüenza o miedo? Los ojos de Emicilia transmitían fuerza y seguridad. Eran celestes y achinados. Eustaquio decía –según mamá-, que ella tenía ojos de serpiente. Tiempo después de la entrevista encontré que las serpientes en su infinidad de representaciones, simbolizan la sexualidad femenina. De ahí que en la búsqueda me adentré en la historia de la primera mujer junto a Adán en el relato bíblico. Lilith había renunciado a Adán cuando él quiso mantener una relación sexual dominante para con ella: y entonces ella le contestó que si habían nacido en condiciones iguales, tenían que hacerlo en posiciones iguales. De esa manera, luego se fue del paraíso, pidiendo alas a Dios y terminó en el Mar Rojo, donde procreó con “amantes demonios” y le juró a Adán –cuando éste envió a tres ángeles a buscarla- que iba a matar a sus hijos, pero que por cada hijo muerto, iban a nacer miles de “hijos demonios”. Luego de Lilith, Dios creó a Eva, diciendo que “ningún hombre debería estar solo”.

A decir verdad, un mirar de serpiente no viene mal en la biblia ni en las historias de nuestras abuelas. Me pregunto qué pensaría Emicilia desde ese mirar –ahora teñido de simbolismo y re significación-, de este renunciamiento “lilithlesco” mío, delante de todo este mundo heteronormado y capitalista. Respuesta que no voy a tener de acá en adelante ni nunca, pero pregunta que hizo surgir la curiosidad por descubrir y recuperar algunas porciones de su vida.

Y quizás parezca difícil comprender cuál es el motivo de esta entrevista, o sobretodo sea extraño comprender cuál es esta necesidad de resaltar en un subtítulo que somos nosotras, sujetas que nos auto percibimos como lesbianas las que tenemos ganas de conocer sobre nuestras antepasadas. Resulta que quizás ya fueron muchas las historias de violencias de todo tipo en el seno de nuestras familias, hasta llegar a nuestra generación: ésta generación en la cual decidimos saber decir que no, y alejarnos de la norma, explorar y habitar las disidencias sexuales, exponer a nuestras cuerpas a la mirada heteronormal y occidentalizada para que acaben patologizando y ridiculizando nuestras identidades, siendo hasta infantilizadas por un mundo que todavía no comprende cómo es que seguimos creyendo y construyendo utopías.

Es por eso que toca reconocerse –quizás-, en dolencias o padecimientos que quizás hoy nos parezcan lejanos, por levantar imágenes de contextos en los que los varones pedían a las madres de sus enamoradas para salir con ellas, pero que acaban traduciéndose en el mismo marco con el que hoy nos enfrentamos –aunque parándonos desde la resistencia y la solidaridad-, cuando nos nombramos políticamente como personas que deseamos fuera de los bordes establecidos que hacen funcionar a la máquina del binarismo perfectamente diseñado para el consumo y la reproducción de todo lo que nos hace mal.

Para llegar hasta acá, entonces, hay que comprender que fueron necesarias muchas generaciones anteriores, mucha resistencia de mujeres que cabalgaron el hilo finito de una historia entera invisibilizada. Porque ni mi bisabuela ni mi abuela fueron importantes teóricas feministas, ni reconocidas profesionales de alguna cosa en este mundo meritocrático por demás, pero formaron parte de un entramado de resistencias en aquel espacio mito que la gente le llama “ámbito de lo privado” –como si lo personal no fuese político-, que hicieron posibles estas reflexiones hoy.

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